La Iglesia celebra la Solemnidad del
Sagrado Corazón de Jesús el viernes posterior a la Celebración de Corpus
Christi. Todo el mes de junio está, de algún modo, dedicado por la piedad
cristiana al Corazón de Cristo.
"Sé
con cuánta generosidad la Compañía de Jesús ha acogido esta admirable misión y
con cuánto ardor ha buscado cumplirla lo mejor posible en el curso de estos
tres últimos siglos: ahora bien, yo deseo, en esta ocasión solemne, exhortar a
todos los miembros de la Compañía a que promuevan con mayor celo aún esta
devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de nuestro
tiempo". Juan Pablo II
Esta exhortación a promover con mayor
celo aún esta devoción que corresponde más que nunca a las esperanzas de
nuestro tiempo, se fundamenta, según el pensamiento del Papa, en dos motivos,
principalmente:
1) Los elementos esenciales de esta
devoción "pertenecen de manera permanente a la espiritualidad propia de la
Iglesia a lo largo de toda la historia", pues, desde siempre, la Iglesia
ha visto en el Corazón de Cristo, del cual brotó sangre y agua, el símbolo de
los sacramentos que constituyen la Iglesia; y, además, los Santos Padres han
visto en el Corazón del Verbo encarnado "el comienzo de toda la obra de
nuestra salvación, fruto del amor del Divino Redentor del que este Corazón
traspasado es un símbolo particularmente expresivo".
2) Tal como afirma el Vaticano II, el
mensaje de Cristo, el Verbo encarnado, que nos amó "con corazón de
hombre", lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad
para el progreso humano y, fuera de Él, nada puede llenar el corazón del hombre
(cf Gaudium et spes, 21). Es decir, junto al Corazón de Cristo, "el
corazón del hombre aprende a conocer el sentido de su vida y de su
destino".
Adoramos el Corazón de Cristo porque
es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre, de la Segunda
Persona de la Santísima Trinidad que, sin dejar de ser Dios, asumió una
naturaleza humana para realizar nuestra salvación. El Corazón de Jesús es un
corazón humano que simboliza el amor divino. La humanidad santísima de Nuestro
Redentor, unida hipostáticamente a la Persona del Verbo, se convierte así para
nosotros en manifestación del amor de Dios. Sólo el amor inefable de Dios
explica la locura divina de la Encarnación: "tanto amó Dios al mundo que
entregó a su Hijo unigénito, para que el que crea en él no muera, sino que
tenga la vida eterna" (Jn 3, 16). Es el misterio de la condescendencia
divina, del anonadamiento de Aquel que "a pesar de su condición divina, no
hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y
tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como
un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una
muerte de cruz" (Flp 2, 6 ss).
"Con amor eterno nos ha
amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha atraído hacia su
corazón, compadeciéndose de nosotros"
(Antífona 1 de las I Vísperas
del Sagrado Corazón).
El Evangelio deja constancia de la
ternura de Jesús. Él es "manso y humilde de corazón". Es compasivo
con las necesidades de los hombres, sensible a sus sufrimientos. Su amor
privilegia a los enfermos, a los pobres, a los que padecen necesidad, pues
"no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos". La
parábola del hijo pródigo resume muy bien su enseñanza acerca de la
misericordia de Dios. El Señor, con su actitud de acogida con respecto a los
pecadores, da testimonio del Padre, que es "rico en misericordia" y
está dispuesto a perdonar siempre al hijo que sabe reconocerse culpable.
"Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su
Padre, ha podido revelarnos el abismo de su misericordia de una manera a la vez
tan sencilla y tan bella" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1439).