Mostrando entradas con la etiqueta Triduo Pascual. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Triduo Pascual. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de marzo de 2016

Catequesis del Papa Francisco sobre el Triduo Pascual






(RV).- “Tres días intensos que nos hablan de la misericordia de Dios, pues hacen visible hasta dónde puede llegar su amor por nosotros”, así describió el Papa Francisco el Triduo Pascual que celebraremos en este Año de la Misericordia.

Durante su catequesis semanal en la plaza de San Pedro ante miles de peregrinos, el Obispo de Roma animó a que en estos días santos “acojamos en nuestro corazón la grandeza del amor divino en el misterio de la Muerte y Resurrección del Señor”.

Además, el Papa recordó las palabras del Evangelio de Juan que son “la clave para comprender el sentido profundo” de estos días: «Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» y añadió que el Triduo Pascual “es el memorial de un drama de amor que nos da la certeza de que nunca seremos abandonados en las pruebas de la vida”.

Posteriormente, el Pontífice explicó que el Jueves Santo, con la institución de la Eucaristía y el lavatorio de los pies “Jesús nos enseña que la Eucaristía es el amor que se hace servicio” y el Viernes Santo es un “momento culminante del amor, un amor que quiere abrazar a todos sin excluir a nadie con una entrega absoluta”.

Por último, el Papa destacó que el Sábado Santo “es el día del silencio de Dios” que es un “gran misterio de amor y de misericordia” y que “nuestras palabras son pobres e insuficientes para expresarlo con plenitud” ya que Jesús “comparte con toda la humanidad el drama de la muerte, no dejando ningún espacio donde no llegue la misericordia infinita de Dios” y agregó que “en este día, el amor no duda, sino que espera confiado en la palabra del Señor hasta que Cristo resucite esplendente el día de la pascua”.

(Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Texto completo de la catequeis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nuestra reflexión sobre la misericordia de Dios nos introduce hoy al Triduo Pascual. Viviremos el Jueves, el Viernes y el Sábado Santo como momentos fuertes que nos permiten entrar siempre más en el gran misterio de nuestra fe: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Todo, en estos tres días, habla de misericordia, porque hace visible hasta dónde puede llegar el amor de Dios. Escucharemos la narración de los últimos días de la vida de Jesús. El evangelista Juan nos ofrece la clave para comprender el sentido profundo: «Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). El amor de Dios no tiene límites. Como repetía muchas veces San Agustín, es un amor que va “hasta el fin sin fin”. Dios se ofrece verdaderamente todo por cada uno de nosotros y no se conserva en nada. El Misterio que adoramos en esta Semana Santa es una gran historia de amor que no conoce obstáculos. La Pasión de Jesús dura hasta el final del mundo, porque es una historia del compartir los sufrimientos de toda la humanidad y una permanente presencia en las vicisitudes de la vida personal de cada uno de nosotros. Pues, el Triduo Pascual es memorial de un drama de amor que nos dona la certeza que no seremos jamás abandonados en las pruebas de la vida.

El Jueves Santo Jesús instituye la Eucaristía, anticipando en el banquete pascual su sacrificio en el Gólgota. Para hacer comprender a los discípulos el amor que lo anima, a ellos les lava los pies, ofreciendo una vez más el ejemplo en primera persona de como ellos mismos deberán actuar. La Eucaristía es el amor que se hace servicio. Es la presencia sublime de Cristo que desea nutrir a cada hombre, sobre todo a los más débiles, para hacerlos capaces de un camino de testimonio entre las dificultades del mundo. No solo. En el darse a nosotros como alimento, Jesús atestigua que debemos aprender a compartir con los demás este alimento para que se convierta en una verdadera comunión de vida con cuantos están en la necesidad. Él se dona a nosotros y nos pide permanecer en Él para hacer lo mismo.

El Viernes Santo es el momento culminante del amor. La muerte de Jesús, que en la cruz se abandona al Padre para ofrecer la salvación al mundo entero, expresa el amor donado hasta el final, hasta el final sin fin. Un amor que busca abrazar a todos, ninguno excluido. Un amor que se extiende a todo tiempo y a cada lugar: una fuente inagotable de salvación a la cual cada uno de nosotros, pecadores, puede acercase. Si Dios nos ha demostrado su amor supremo en la muerte de Jesús, entonces también nosotros, regenerados por el Espíritu Santo, podemos y debemos amarnos los unos a los otros.

Y, finalmente, el Sábado Santo es el día del silencio de Dios. Debe ser un día de silencio, y nosotros debemos hacer de todo para que sea una jornada de silencio, como había sido en aquel tiempo: el día del silencio de Dios. Jesús puesto en el sepulcro comparte con toda la humanidad el drama de la muerte. Es un silencio que habla y expresa el amor como solidaridad con los abandonados de siempre, que el Hijo de Dios alcanza colmando el vacío que solo la misericordia infinita del Padre Dios puede llenar. Dios calla, pero por amor. En este día el amor – aquel amor silencioso – se hace espera de la vida en la resurrección. Pensemos, el Sábado Santo: nos hará bien pensar en el silencio de la Virgen, “la creyente”, que en silencio esperaba la Resurrección. La Virgen deberá ser el ícono, para nosotros, de aquel Sábado Santo. Pensar mucho como la Virgen ha vivido aquel Sábado Santo; en espera. Es el amor que no duda, pero que espera en la palabra del señor, para que se haga evidente y resplandeciente el día de Pascua.

Es todo un gran misterio de amor y de misericordia. Nuestras palabras son pobres e insuficientes para expresarlo en plenitud. Nos puede ayudar la experiencia de una muchacha, no muy conocida, que ha escrito páginas sublimes sobre el amor de Cristo. Se llamaba Juliana de Norwich, era analfabeta, esta joven, tuvo visiones de la Pasión de Jesús y que luego, en la cárcel, ha escrito, con lenguaje simple, pero profundo e intenso, el sentido del amor misericordioso. Decía así: «Entonces nuestro buen Señor me pregunto: “¿Estas contenta que yo haya sufrido por ti?” Yo dije: “Si, buen Señor, y te agradezco muchísimo; sí, buen Señor, que Tú seas bendito”. Entonces Jesús, nuestro buen Señor, dice: “Si tú estás contenta, también yo lo estoy. El haber sufrido la pasión por ti es para mí una alegría, una felicidad, un gozo eterno; y si pudiera sufrir más lo haría”». Este es nuestro Jesús, que a cada uno de nosotros dice: “Si pudiera sufrir más por ti, lo haría”.

¡Cómo son bellas estas palabras! Nos permiten entender de verdad el amor intenso y sin límites que el Señor tiene por cada uno de nosotros. Dejémonos envolver por esta misericordia que nos viene al encuentro; y en estos días, mientras tengamos fija la mirada en la pasión y la muerte del Señor, acojamos en nuestro corazón la grandeza de su amor y, como la Virgen el Sábado, en silencio, en la espera de la Resurrección.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

(from Vatican Radio)

jueves, 2 de abril de 2015

Misa Crismal: Homilía del Papa Francisco



VATICANO, 02 Abr. 15 / 05:50 am (ACI/EWTN Noticias).- Al celebrar la Misa Crismal hoy, Jueves Santo, el Papa Francisco recordó a los sacerdotes que “si el Señor piensa y se preocupa tanto en cómo podrá ayudarnos, es porque sabe que la tarea de ungir al pueblo fiel es dura”.

El Pontífice habló del cansancio de este ministerio, que “es como el incienso que sube silenciosamente” y pidió tener bien presente “que una clave de la fecundidad sacerdotal está en el modo como descansamos y en cómo sentimos que el Señor trata nuestro cansancio”. Además, reflexionó sobre tres tipos de cansancio: el “cansancio de la gente”, el “cansancio de los enemigos” y el “cansancio de uno mismo”.

A continuación, el texto completo de la homilía del Papa Francisco en la Misa Crismal de Jueves Santo:

«Lo sostendrá mi mano y le dará fortaleza mi brazo» (Sal 88,22), así piensa el Señor cuando dice para sí: «He encontrado a David mi servidor y con mi aceite santo lo he ungido» (v. 21). Así piensa nuestro Padre cada vez que «encuentra» a un sacerdote. Y agrega más: «Contará con mi amor y mi lealtad. Él me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva» (v. 25.27).

Es muy hermoso entrar, con el Salmista, en este soliloquio de nuestro Dios. Él habla de nosotros, sus sacerdotes, sus curas; pero no es realmente un soliloquio, no habla solo: es el Padre que le dice a Jesús: «Tus amigos, los que te aman, me podrán decir de una manera especial: ”Tú eres mi Padre”» (cf. Jn 14,21). Y, si el Señor piensa y se preocupa tanto en cómo podrá ayudarnos, es porque sabe que la tarea de ungir al pueblo fiel no es fácil; nos lleva al cansancio y a la fatiga. Lo experimentamos en todas sus formas: desde el cansancio habitual de la tarea apostólica cotidiana hasta el de la enfermedad y la muerte e incluso a la consumación en el martirio.

El cansancio de los sacerdotes... ¿Saben cuántas veces pienso en esto: en el cansancio de todos ustedes? Pienso mucho y ruego a menudo, especialmente cuando el cansado soy yo. Rezo por los que trabajan en medio del pueblo fiel de Dios que les fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos. Y nuestro cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo (cf. Sal 140,2; Ap 8,3-4). Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre.

Estén seguros que la Virgen María se da cuenta de este cansancio y se lo hace notar enseguida al Señor. Ella, como Madre, sabe comprender cuándo sus hijos están cansados y no se fija en nada más. «Bienvenido. Descansa, hijo mío. Después hablaremos... ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?», nos dirá siempre que nos acerquemos a Ella (cf. Evangelii gaudium, 28,6). Y a su Hijo le dirá, como en Caná: «No tienen vino».

Sucede también que, cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir la tentación de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de Dios. No caigamos en esta tentación. Nuestra fatiga es preciosa a los ojos de Jesús, que nos acoge y nos pone de pie: «Vengan a mí cuando estén cansados y agobiados, que yo los aliviaré» (Mt 11,28).

Cuando uno sabe que, muerto de cansancio, puede postrarse en adoración, decir: «Basta por hoy, Señor», y claudicar ante el Padre; uno sabe también que no se hunde sino que se renueva porque, al que ha ungido con óleo de alegría al pueblo fiel de Dios, el Señor también lo unge, «le cambia su ceniza en diadema, sus lágrimas en aceite perfumado de alegría, su abatimiento en cánticos» (Is 61,3).

Tengamos bien presente que una clave de la fecundidad sacerdotal está en el modo como descansamos y en cómo sentimos que el Señor trata nuestro cansancio. ¡Qué difícil es aprender a descansar! En esto se juega nuestra confianza y nuestro recordar que también somos ovejas y también necesitamos del pastor, que nos ayude. Pueden ayudarnos algunas preguntas a este respecto.

¿Sé descansar recibiendo el amor, la gratitud y todo el cariño que me da el pueblo fiel de Dios? O, luego del trabajo pastoral, ¿busco descansos más refinados, no los de los pobres sino los que ofrece el mundo del consumo? ¿El Espíritu Santo es verdaderamente para mí «descanso en el trabajo» o sólo aquel que me da trabajo? ¿Sé pedir ayuda a algún sacerdote sabio? ¿Sé descansar de mí mismo, de mi auto-exigencia, de mi auto-complacencia, de mi auto-referencialidad? ¿Sé conversar con Jesús, con el Padre, con la Virgen y San José, con mis santos protectores amigos para reposarme en sus exigencias – que son suaves y ligeras –,  en sus complacencias – a ellos les agrada estar en mi compañía –, en sus intereses y referencias – a ellos sólo les interesa la mayor gloria de Dios –?

¿Sé descansar de mis enemigos bajo la protección del Señor? ¿Argumento y maquino yo solo, rumiando una y otra vez mi defensa, o me confío al Espíritu Santo que me enseña lo que tengo que decir en cada ocasión? ¿Me preocupo y me angustio excesivamente o, como Pablo, encuentro descanso diciendo: «Sé en Quién me he confiado»(2 Tm 1,12)?

Repasemos un momento, brevemente, las tareas de los sacerdotes que hoy nos proclama la liturgia: llevar a los pobres la Buena Nueva, anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. E Isaías agrega: curar a los de corazón quebrantado y consolar a los afligidos.

No son tareas fáciles, no son tareas exteriores, como por ejemplo el manejo de cosas – construir un nuevo salón parroquial, o delinear una cancha de fútbol para los jóvenes del Oratorio... –; las tareas mencionadas por Jesús implican nuestra capacidad de compasión, son tareas en las que nuestro corazón es «movido» y conmovido. Nos alegramos con los novios que se casan, reímos con el bebé que traen a bautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias; nos apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que entierran a un ser querido... Tantas emociones… Si nosotros tenemos el corazón abierto, esta emoción y tanto afecto, fatigan el corazón del Pastor.

Para nosotros sacerdotes las historias de nuestra gente no son un noticiero: nosotros conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinar lo que les está pasando en su corazón; y el nuestro, al compadecernos (al padecer con ellos), se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, y es conmovido y hasta parece comido por la gente: «Tomen, coman». Esa es la palabra que musita constantemente el sacerdote de Jesús cuando va atendiendo a su pueblo fiel: «Tomen y coman, tomen y beban...». Y así nuestra vida sacerdotal se va entregando en el servicio, en la cercanía al pueblo fiel de Dios... que siempre, siempre cansa.

Quisiera ahora compartir con ustedes algunos cansancios en los que he meditado.

Está el que podemos llamar «el cansancio de la gente, el cansancio de las multitudes»: para el Señor, como para nosotros, era agotador – lo dice el evangelio –, pero es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. La gente que lo seguía, las familias que le traían sus niños para que los bendijera, los que habían sido curados, que venían con sus amigos, los jóvenes que se entusiasmaban con el Rabí..., no le dejaban tiempo ni para comer. Pero el Señor no se hastiaba de estar con la gente. Al contrario, parecía que se renovaba (cf. Evangelii gaudium, 11).

Este cansancio en medio de nuestra actividad suele ser una gracia que está al alcance de la mano de todos nosotros, sacerdotes (cf. ibíd., 279). iQué bueno es esto: la gente ama, quiere y necesita a sus pastores! El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad en un auto con vidrios polarizados. Y este cansancio es bueno, es un cansancio sano. Es el cansancio del sacerdote con olor a oveja..., pero con la sonrisa de papá que contempla a sus hijos o a sus nietos pequeños. Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba (cf. ibíd., 97).

Somos los amigos del Novio, esa es nuestra alegría. Si Jesús está pastoreando en medio de nosotros, no podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Olor a oveja y sonrisa de padres... Sí, bien cansados, pero con la alegría de los que escuchan a su Señor decir: «Vengan a mí, benditos de mi Padre» (Mt 25,34).

También se da lo que podemos llamar «el cansancio de los enemigos». El demonio y sus secuaces no duermen y, como sus oídos no soportan la Palabra, trabajan incansablemente para acallarla o tergiversarla. Aquí el cansancio de enfrentarlos es más arduo. No sólo se trata de hacer el bien, con toda la fatiga que conlleva, sino que hay que defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal (cf. Evangelii gaudium, 83).

El maligno es más astuto que nosotros y es capaz de tirar abajo en un momento lo que construimos con paciencia durante largo tiempo. Aquí necesitamos pedir la gracia de aprender a neutralizar – es un hábito importante: aprender a neutralizar – : neutralizar el mal, no arrancar la cizaña, no pretender defender como superhombres lo que sólo el Señor tiene que defender. Todo esto ayuda a no bajar los brazos ante la espesura de la iniquidad, ante la burla de los malvados. La palabra del Señor para estas situaciones de cansancio es: «No teman, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Y esta palabra nos dará fuerza.

Y por último – último para que esta homilía no los canse demasiado – está también «el cansancio de uno mismo» (cf. Evangelii gaudium, 277). Es quizás el más peligroso. Porque los otros dos provienen de estar expuestos, de salir de nosotros mismos a ungir y a pelear (somos los que cuidamos).

En cambio, este cansancio, es más auto-referencial; es la desilusión de uno mismo pero no mirada de frente, con la serena alegría del que se descubre pecador y necesitado de perdón, de ayuda: este pide ayuda y va adelante. Se trata del cansancio que da el «querer y no querer», el haberse jugado todo y después añorar los ajos y las cebollas de Egipto, el jugar con la ilusión de ser otra cosa. A este cansancio, me gusta llamarlo «coquetear con la mundanidad espiritual».

Y, cuando uno se queda solo, se da cuenta de que grandes sectores de la vida quedaron impregnados por esta mundanidad y hasta nos da la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Aquí sí puede haber cansancio malo. La palabra del Apocalipsis nos indica la causa de este cansancio: «Has sufrido, has sido perseverante, has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (2,3-4). Sólo el amor descansa. Lo que no se ama cansa mal y, a la larga, cansa peor.

La imagen más honda y misteriosa de cómo trata el Señor nuestro cansancio pastoral es aquella del que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1): la escena del lavatorio de los pies. Me gusta contemplarla como el lavatorio del seguimiento. El Señor purifica el seguimiento mismo, él se «involucra» con nosotros (cf. Evangelii gaudium, 24), se encarga en persona de limpiar toda mancha, ese mundano smog untuoso que se nos pegó en el camino que hemos hecho en su nombre.

Sabemos que en los pies se puede ver cómo anda todo nuestro cuerpo. En el modo de seguir al Señor se expresa cómo anda nuestro corazón. Las llagas de los pies, las torceduras y el cansancio son signo de cómo lo hemos seguido, por qué caminos nos metimos buscando a sus ovejas perdidas, tratando de llevar el rebaño a las verdes praderas y a las fuentes tranquilas (cf. ibíd. 270). El Señor nos lava y purifica de todo lo que se ha acumulado en nuestros pies por seguirlo. Y Esto es sagrado. No permite que quede manchado. Así como las heridas de guerra él las besa, la suciedad del trabajo él la lava.

El seguimiento de Jesús es lavado por el mismo Señor para que nos sintamos con derecho a estar «alegres», «plenos», «sin temores ni culpas» y nos animemos así a salir e ir «hasta los confines del mundo, a todas las periferias», a llevar esta buena noticia a los más abandonados, sabiendo que él está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,21). Y por favor, pidamos la gracia de aprender a estar cansados, pero ¡bien cansados!

jueves, 17 de abril de 2014

Triduo Pascual: qué es? - Qué celebramos el Jueves Santo?



El Triduo Pascual es el tiempo comprendido desde la tarde del Jueves Santo, hasta la víspera de Domingo de Pascua, Domingo de Resurrección, en donde celebramos el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.



¿Qué se celebra el jueves santo?



La celebración del Jueves Santo está cargada de regalos de Jesús. Somos testigos de la última vez que Jesús cena con sus amigos.

Celebramos: - La institución de la Eucaristía,

- El Mandamiento del Amor y

- La Institución del Sacerdocio.

                        

La Institución de la Eucaristía



En esta noche santa, Cristo nos deja su Cuerpo y su Sangre, bajo las especies de pan y vino.

Antes de ser entregado, Jesús, se entrega como alimento.


Por el gran amor que nos tiene, se quedó con nosotros en la Eucaristía, para guiarnos en el camino de la salvación.


La Madre Teresa de Calcuta dijo: “Cristo se convirtió en el Pan de Vida porque comprendió la necesidad, el hambre que teníamos de Dios. Y nosotros debemos comer de este Pan y la bondad de su amor para poder compartirlo”.


“La Eucaristía es el signo más tangible del amor de Dios por el hombre, ya que renueva permanentemente su sacrificio por amor a nosotros. Y es la Misa, nuestra oración diaria, el lugar donde nos ofrecemos con y por Cristo para ser distribuidos entre los más pobres”.

“La Eucaristía es el misterio de nuestra unión profunda con Cristo”.

Lavatorio de los pies



En la Misa vespertina, nuestro sacerdote, -antes del ofertorio-, tomará una toalla y una bandeja con agua y lavará los pies de doce varones, recordando el mismo gesto de Jesús con sus apóstoles en la Última Cena.


Jesús nos enseña a servir con humildad y de corazón a los demás. Este es el mejor camino para seguir a Jesús y demostrar nuestra fe en Él. Jesús nos llama a vivir como servidores de nuestros hermanos.


Jesús al lavar los pies a los discípulos, manifiesta el amor pies. No ha venido para ser servido sino para servir hasta el extremo (Jn. 13, 1-15) Es una prueba del servicio y de humildad de Jesús y, es un gesto para imitarlo! Él que es el Maestro y el Señor se pone a lavar los pies a los discípulos. No ha venido para ser servido sino para servir. Es un símbolo de caridad servicial, de caridad profunda!


Para el sacerdote que lava los pies en jueves santo, que representa la presencia de Cristo en medio de la Comunidad, debe vivir este gesto reconociendo que sus  manos que lavan los pies, son las manos que actúan en el misterio de la Eucaristía, pero deben las mismas manos que saben de caridad, manos que curan, manos abiertas, manos serviciales, manos para los demás!!! Está rodilla en tierra, lavando los pies de los miembros de la comunidad a quienes lava los pies, significa estar de rodillas también ante quienes son marginados, ante  quienes sufren, los pobres, los preferidos de Jesús.



Institución del Sacerdocio




Este es el tercer regalo que Jesús nos hace el Jueves Santo. El Sumo Sacerdote nos entrega a quienes partirán el pan en su lugar, que los harán presente en cada misa, que serán nuestros Pastores teniéndolo a Él como modelo.


Por eso en la misa del Jueves Santo los sacerdotes reviven el gesto de  lavado de los pies haciéndolo con algunos miembros de la comunidad. Se comprometen así a ser el signo de la presencia de Jesús Servidor en medio de su pueblo. Consagran su vida para la santificación de nuestra vida. Esta hermosa misión no los libra de los errores y debilidades propias de los hombres. Por eso sería muy bueno que en este día los tengamos en cuenta especialmente en nuestra oración.


Es por eso que Jesús, sigue repitiendo a los sacerdotes: “Estén prevenidos y oren para no caer en tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt 26, 41)



“Si existen buenas ovejas habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas sales buenos pastores” – San Agustín, Sermón 46.


Jesús Buen Pastor: en tus manos, ponemos a todos tus Pastores, para que, llenos de tu Espíritu Santo, sepan interpretar los signos de los tiempos actuales y guíen al rebaño, a ellos encomendado, hacia pastos verdes y aguas de vida.


Jesús, Divino Señor, por tu dolorosa Pasión, cubre con tu Preciosísima Sangre, a todos tus sacerdotes. Ten piedad de ellos y líbralos de todo mal, ahora y siempre.


Danos, Señor, santos sacerdotes que trabajen por tu Iglesia.


El inmaculado Corazón de la dulce Virgen María reprenda, con su fuerza santísima, a todo enemigo de Dios y de su Iglesia. 



¿Qué es el traslado del Santísimo?


Es el paso solemne de Jesús Eucaristía, tras la Cena del Señor, al lugar de la reserva para la comunión del día siguiente que no se celebra Misa. Es un signo de continuidad entre el sacrificio y la adoración de la presencia sacramental.



jueves, 5 de abril de 2012

TRIDUO PASCUAL


El Triduo Pascual es el tiempo comprendido desde la tarde del Jueves Santo, hasta la madrugada del Domingo de Pascua, Domingo de Resurrección, en donde se celebran los tres grandes misterios de la redención, La Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Para la liturgia católica la celebración del "triduo Pascual" es una sola celebración que empieza el jueves con la Misa vespertina de la Cena del Señor en donde se evoca la última cena de Jesús, que instituye el Sacramento de la Eucaristía, la del Orden Sagrado y el mandamiento del amor.

En la Misa del Jueves Santo, el sacerdote no imparte la bendición, se despoja al Altar de los manteles, y en solemne procesión, se trasladan las Hostias Consagradas a la Reserva o Monumento.

El Viernes Santo meditamos la Pasión y Muerte de Cristo y se celebra la Adoración a la Cruz, siendo el único día que en el mundo entero no celebra la Eucaristía.

El Sábado Santo es el día del gran silencio y de intensa oración. La Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, esperando su resurrección. Por la noche, se celebra la Misa de la Vigilia Pascual -Sábado de Gloria-, donde se bendicen el fuego, el agua y se renuevan las promesas bautismales.

La celebración del triduo termina el domingo (se considera domingo a partir de las 18:00 hs del sábado, la víspera) con la Misa de Resurrección.


Más información sobre el Triduo Pascual

http://vicariasanmartindeporres.blogspot.com.ar/2011/04/gracias-jesus-por-quedarte-en-la.html


Visita a los 7 Monumentos

http://vicariasanmartindeporres.blogspot.com.ar/2011/04/visita-los-7-monumentos-reflexiones-de.html


Adoración de la Cruz

http://vicariasanmartindeporres.blogspot.com.ar/2011/04/viernes-santo-adoracion-de-la-santa.html